A causa de María

A causa de María, Claire tuvo gran dificultad en hacerse querer. Al principio, él se resistía, pensaba que si una le había jugado una mala pasada las demás también lo harían. Se lo contó todo a Claire.

—No me importa, te ayudaré a curarte.

Y es cierto: hay cosas, cosas que ha hecho que yo jamás hubiese podido hacer. Admiro a esta muchacha y me siento un poco culpable porque le ha costado la vida. Él hubiese debido..., pero no ella. Daba la impresión de querer aprovechar el tiempo que le quedaba de vida. Vivir poco, pero vivir bien, es vivir. En otoño, un accidente estúpido de coche, ella, su padre, su tío, todos muertos. Su madre se salvó. Fue espantoso para mí, y lo sigue siendo. Serge me dijo: «Es ella quien me ha salvado, y si me quedo en La Boére es porque le juré que me curaría y porque hay aquí algo todavía más fuerte que yo. Pero, mamá, ¿sabes?, necesitaré años...»

Recuerdo haber visto a Claire con un ojo totalmente morado, por lo menos durante una semana: Serge quería drogarse, ella intentó impedírselo, pero él la echó, ella se cayó expresamente diciéndole que se había hecho mucho daño, como así era en efecto. Él la cuidó, le puso compresas sobre el ojo durante media hora, para ganar tiempo. Después no quiso dejarla sola, y era demasiado tarde para la cita. Ni una madre hubiese podido imaginar una cosa así, poniéndola además en práctica.

Si él se salva, será gracias a ella, a su amor. Sin ella, seguiría con la droga o hubiese habido ya la sobredo-sis mortal, quién sabe. Lo comprendo, ahora que ella ya no está entre nosotros, y sigo teniendo miedo. Tenía quizá mal carácter, pero mucho valor.

—¿Sabes que un día bajé los cuatro pisos arrastrando a Claire por el pelo? —me dijo un día Serge—. Al llegar abajo, ella me ayudó a volver a subir. ¿Te das cuenta?

La madre de Claire siempre me ha reprochado el recibirla en casa, a causa de su edad. Para mí, era una amiga de quince años y podía venir cuando quisiera.

Serge llevó a cabo una cura en la M.G.E.N.; 1 yo fui un día a llevarle ropa. No podíamos verle, pero me encontré con la madre de Claire.

—Buenos días, ¿qué hace usted aquí?

—Tenemos cita con el doctor X. Venga también.

—No estoy preparada; mire, tengo aquí la bolsa de la compra, sólo he venido a traer unas cosas a Serge. A pesar de todo, fui.

Al entrar, cuando Claire me vio, fue como si hubiese visto... no sé... «¡Qué contenta estoy de verla, señora Rolin, buenos días!» Y me cogió por el brazo, me hizo sentar a su lado: «Mis padres querían tener alguna información, porcue me quiero ir con Serge. ¿Me ayudará, verdad?»

El doctor no decía una sola palabra, nos miraba.

—Ya lo ve, doctor —dijo la madre de Claire—, al llegar a casa, apenas me dice buenos días; en la calle, lo mismo, pero en cuanto llegan extraños, grandes efusiones de cariño.

Me dolió, porque yo no quería quitarle a su única hija; me dolió por ella, no por mí, las cosas estaban más bien a mi favor.

—No hay curación posible sin Claire. He hablado mucho con Serge.

—Mire usted —dije yo—, con o sin ella, si hay curación posible, se intentará.

Serge me había dicho que nada se podía hacer por él, pero el doctor había propuesto algo, era maravilloso. Claire me miraba, decepcionada, a causa de mi «con o sin ella».

—Mi hija se quedará conmigo. No la dejaré marchar con un toxicómano. Ustedes harán lo que quieran, pero será sin mi consentimiento.

—Señora, no tiene usted elección. Claire ha escogido a Serge.

—De todas formas, nunca me ha gustado, no me gustará nunca, y le deseo toda la desgracia que se pueda desear a un chico. Y, créame, señora, le ocurrirá alguna.

Me quedé helada.

—Pero, señora, si su hija está enamorada de Serge hasta el punto de abandonarla, hasta el punto de marcharse con él, es a su hija, a su propia hija a quien desea la desgracia y, si ocurre, Claire se volverá loca, sin duda alguna.

—¿Mi hija? No es una buena hija. Es mala conmigo.

Cuando volví de mis compras, Claire estaba en casa.

—¿Qué ha querido usted decir, señora Rolin, con ese «con o sin ella»? Usted no se da cuenta... Se lo ruego, no se interponga entre Serge y yo.

—Te lo voy a explicar: tu madre actúa así porque te quiere. Quisiera tenerte todavía sobre sus rodillas, porque no tienes más que quince años. Si yo hubiese tenido una hija única, habría actuado igual. Si me hubieses robado a mi único hijo, hubiese actuado de la misma forma.

—Porque no he tenido una madre como Serge...

—No es cuestión de eso puesto que nada he podido hacer por él. No me importa que te quiera más que a mí. Eres tú quien vas a devolverle la vida.

Hasta el último momento, tuvo un pequeño grado de desconfianza hacia mí, tenía miedo de que le impidiese marcharse a La Boére con él. «Escucha, jamás te he impedido vivir con él, os ayudé a coger un estudio. Por otra parte, aunque lo hubiese impedido, con tu cabeza testaruda, lo hubieses hecho sin mí.»

Se echó a reír. Es cierto: para mí, mientras Claire estuviese allí, Serge estaba seguro.

Efectivamente, cuando vimos que se acostaban, dijimos: «Hay que alquilar un estudio, esto es demasiado pequeño». No se veían de noche, y, a veces, cuando llegábamos..., era desagradable y embarazoso para ellos y para nosotros. Encontraron un estudio. Quizá yo hubiese debido impedirles que se quisieran tanto, no hubiese debido dejarles marchar...

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