Cuando iniciamos...

Cuando iniciamos los trámites de divorcio, explique a Nathalie que había pedido su custodia, junto con la de los otros. Su padre había hecho lo mismo.

—¿Y por qué no puedo estar bajo la custodia de los dos a la vez? Me niego a ser un objeto de litigio, no quiero que nadie se pelee por mí; es ridículo, prefiero que se me emancipe.

Ante esta situación, hablé con los abogados: «No quiero guerras sobre la espalda de Nathalie porque represente lo que mi marido no ha sabido decirme, porque la responsabilice de su culpabilidad, de su fracaso».

Hizo un teatro indecente ante el juez: que sólo había una mujer en su vida, que la esperaría siempre. Omitió añadir que vivía con otra desde hacía un año. Es psicoanalista, habla muy bien, sabe lo que conviene y cómo decirlo. Estos datos inclinaron la balanza del juez hacia un solo lado.

El acto de conciliación acabó en una no-conciliación; el juez le concedió la custodia de su hija, con la reserva de que permaneciese en el centro de rehabilitación.

—Si nuestra hija se queda en M., que mi marido tenga su custodia. —Y a Nathalie—: Esta decisión no cambia nada con respecto a lo que siento hacia ti, siempre serás mi hija, de la misma forma que yo soy tu madre.

Yo sabía, no obstante, que sí existía una diferencia.

Su padre me había dicho: «Escúchame bien, lucharé hasta la muerte, pero jamás tendrás a Nathalie».

Estaba pálido. Ya no se trataba de su hija, sino de otra cosa. Adquiría proporciones dramáticas, apasionadas. Su inconsecuencia era total: quería darle la emancipación.

Para acabar de complicar las cosas, Nathalie se fugó con su amiguito Michel. Pasó un mes con él en un apartamento. Administrativamente, los dos seguían dependiendo del centro M. Considero que el director cometió un error permitiendo que una chica de quince años permaneciese todo el día sola esperando el regreso de un muchacho de veintiún años que trabajaba. Él estaba poco más o menos dentro de la ley; había sido detenido tres años antes, pero era menor. Nathalie se deprimió terriblemente y la situación se fue deteriorando. Digamos que llegó bastante lejos. No niego los hechos, pero no creo que llegase a conocer la decadencia hasta el punto de no poder remontarse... La gran decadencia física, afirmo que no, jamás se alejó el tiempo suficiente para llegar a ello.

Nunca tuvo necesidad de prostituirse, gracias a buenos amigos que la querían e intentaban salvarla. Los conozco, pero no podían hacer nada.

Ella hablaba del amor con una A mayúscula, como lo había hecho al principio: «No te das cuenta, mamá, es maravilloso, quiero a todo el mundo, tengo la impresión de que todo el mundo me quiere, que nadie puede ser malo. ¿Comprendes? Es el cielo..., el paraíso...» Es extraordinario poder experimentar este sentimiento en el mundo en que vivimos.

Al cabo de un mes cometieron seis robos y aparecieron en mi casa, donde los descubrió rápidamente la policía. Michel fue a parar a la cárcel; ella, menor, fue puesta en libertad. Se quedó en casa, aparentemente normal, con ganas de dejarse mimar, sobre todo dado que su estado físico no era de los mejores.

—Escucha, hija, hace tiempo que no has visto a tu padre, ¿por qué no vas a darle un abrazo?

Somos vecinos. Subió, no volvió a bajar.

—Mamá..., papá dice que es mejor que no vuelva a tu casa, va a venir la policía para el interrogatorio y papá piensa que él tiene más probabilidades de ayudarme. Pero no te abandono, mamá.

Me dolió.

No soporto que su padre decida siempre a espaldas mías, que la haga telefonear. No, no lo aguanto.

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