Nathalie llevaba...

Nathalie llevaba un ritmo de vida completamente normal; salía poco por la noche, asistía al liceo, donde había adoptado una forma de reivindicación, el M.L.A.C.,1 ley Debré, manifestaciones A.G.2 pensábamos que era su forma de luchar y lo aprobábamos, pero intentábamos mostrarle que también es necesario formar el espíritu y no dejarse llevar como un cordero porque es divertido. Entonces, la sacamos del liceo donde, alta y mona, ya tenía demasiados «contactos» con los de las últimas clases y los que ya habían acabado. Escogimos un colegio mixto, privado, donde toda ausencia nos era comunicada, donde su conducta era controlada; por ejemplo, fue expulsada por espacio de tres días por una falta de respeto algo grave.

Le dábamos cincuenta francos al mes como dinero de bolsillo, ¿cómo se puede comprar la droga con esa cantidad? Debieron de regalársela para atraerla; hubiese podido coger dinero del cajón de su padre, a quien le pagaban las visitas sobre todo en efectivo, pero en aquella época ni robó ni saqueó; en cambio, empezó a disparatar: «Me quiero largar a Marruecos... Los estudios no me interesan...»

Todo ello lo analizaba yo interiormente y buscaba en el pasado. Había vivido su embarazo de forma muy idílica. Éramos felices físicamente, estábamos muy enamorados y yo soñaba con ofrecer una célula familiar a este bebé.

Creo importante decir que, después de su nacimiento, conocí una ausencia total de deseo físico hacia mi marido. Como no había sido el «primero», me lo recriminó inconscientemente muchísimo, estaba celoso... Lo estropeó todo y sé que tenía celos de mi hija. Estas cosas sólo las vi claras a través de mi análisis.

Además, y ello puede parecer grotesco, nos convertimos a un catolicismo exacerbado y muy exigente. Los dos. Para mí era una verdad y un engañabobos a la vez: vivíamos en concubinato y los curas nos propusieron casarnos religiosamente a condición de vivir una temporada como hermanos. Cuando Roland me transmitió su proposición, sentí un gran alivio: se acabaron los sacrificios. Así vivimos unos tres meses, al cabo de los cuales nos casaron por la Iglesia y luego regularizamos el matrimonio en la alcaldía. Es bastante curioso este mundo. Ya casados, había que volver a hacer el amor; no sólo estaba permitido, sino que era obligatorio. Así me encontré embarazada del único hijo que deseé verdaderamente.

Después del nacimiento, se replanteó el problema de la contracepción. Roland se fue alejando lentamente de esa vida religiosa, rígida; yo pensé: ¡el asqueroso, me engaña! De hecho, se dirigió hacia el psicoanálisis, pero nuestro asunto sentimental empezó a no funcionar. Teníamos los dos una imagen tan ideal de la pareja que todo nos afectaba; pero, al final, todo moría.

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