El verdadero golpe...

El verdadero golpe lo sufrí cuando Nathalie pasó la noche fuera por primera vez. Se quejaba a menudo de su falta de libertad; su padre es un hombre que se basa en la disciplina, ignorando yo si esto es lo adecuado: «Irás al concierto si traes buenas notas, si has hecho en casa lo que hay que hacer, si vuelves puntualmente».

Habíamos ido los dos al cine; a la vuelta, Chantal nos anunció que Nathalie no tenía intención de volver hasta el día siguiente. Como no había habido pelea alguna, no comprendí nada: a los trece años, es increíble..., de locos. Retrocedí en el tiempo, trece años, y más, quería comprender... Conclusión: yo no hubiese podido, ¿por qué mi hija sí?

A las siete de la mañana, fresca como una rosa, con unos croissants en la mano, regresó como si hubiese salido cinco minutos antes para comprarlos. Nosotros no habíamos dormido. Su padre la recibió muy mal y le dio una soberana tunda.

Yo la oía cómo gritaba a su padre: «¡Estás loco, para, estás completamente loco!» Cinco minutos largos.

Luego fui a su habitación, no sabía qué decir:

—Nathalie, no comprendo, no has dormido en casa, ¿dónde has estado?

—En casa de una amiga, telefonea, te lo ruego. Estaba en casa de su abuela.

Poco importa, verdad o mentira. Todo depende de lo que se haga. Fumaba muy corrientemente en casa y yo no me daba cuenta. A menudo le decía:

—¡Qué mal huele aquí! ¿Qué es este olor asqueroso? —(Había incienso, pachulí.)— Es asqueroso.

¿Cómo reconocer, en medio de todos esos olores, uno que no se conoce?

Durante todo el trimestre, tuve la certeza de que Nathalie nos pedía algo en un lenguaje suyo, algo particular. ¿Más atención? ¿Más amor? Yo le decía: «Si quieres asustarnos, vas muy equivocada; no caeré ni en la angustia ni en la locura. Haremos todo lo posible para que no te marches».

Quería tranquilizarla, mostrarle que habíamos comprendido su «reto», que no hacía falta que fuese más lejos para convencernos.

Ya habíamos consultado con la Brigada de Menores.

Un día, su hermano Luc, que tenía once años y soportaba muy mal la situación, me dijo:

—Mamá, ¿qué vas a hacer? Nathalie quiere irse a Marruecos con su amiga Catherine. Hay que impedírselo.

Avisada la Brigada, las detuvieron a las dos junto con un conocido chulo de veintidós años: de momento, se iban a Bretaña, luego ya verían.

Este episodio terminó como un primer acto. Na-thalie se fue con su mamá a esquiar durante las vacaciones de Navidad. Decisión bastante positiva; a su regreso, hablábamos de vez en cuando, yo tenía la impresión de que estaba allí, de que escuchaba, de que comprendía, de que seguía la lógica normal..., es decir, la de sus padres. Luego, la barrera, una verdadera barrera. Una barrera perfecta. Imposible alcanzarla, imposible ser alcanzada por ella, se distanciaba cada vez más.

Nos pidió la pildora, fuente de conflictos con su padre. Consultó con una ginecóloga amiga nuestra.

—No creas que te voy a dar cada mes los cinco francos y medio —le dijo su padre—. Gánate ese dinero, cuida niños, pero no quiero pagar para que te vayas acostando por ahí con chicos.

Ya le había suprimido el dinero de bolsillo, bajo el pretexto de que con él compraría la droga. Era una inconsecuencia difícil de resolver y cargada de consecuencias.

Por ese lado, él no se había liberado en absoluto.

Nathalie es su tercera hija, pero en realidad, física y psicológicamente, la mayor. Diré más, doblemente la mayor, porque nunca había vivido con Chantal y Marie.

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