Todo empezó hace...

Todo empezó hace más de dos años: su habitación olía a incienso porque éste cubre el olor a hachís y a marihuana. Un olor. Así empezó.

Al principio, Couka sólo nos atacaba con pequeñas dosis de arrogancia, de agresividad, de violencia. Seguidamente, hubo el mes de agosto en América, bastante nefasto, repartido entre la familia y los amigos. Nuestra hija se puso enferma y no pudimos reunimos con ella para terminar las vacaciones juntos. Incluso a su regreso no pudimos marcharnos y encontró un empleo como cajera en un supermercado. La ayudé, sin duda, a arrancar en el camino de la droga. Trabajaba todo el día; era positivo porque quería demostrarse algo. ¿Empezó a robar un poco de dinero, alguna mercancía, quizás empujada por su entorno? En realidad sólo buscaba evasión, salidas nocturnas, mentiras. Los escrúpulos morales ya no existían y la droga se incrustaba a paso lento. La violencia aparecía por la noche, en su habitación, que cobijaba su secreto; a veces estaba sola, otras con una amiga. La luz estaba encendida; fumadero con música dulce, que no era más que el principio de sus instintos ya violentos.

No podíamos ni espiarla, ni dialogar. Rechazaba nuestros consejos, preparaba su revuelta contra el mundo de los adultos para ir hacia el del hundimiento.

Salidas y escapadas datan de la época en que conoció al grupo de motoristas del Trocadero con quienes pasaba el tiempo en un cine de barrio. Un lugar podrido donde hay tráfico de drogas, violencia sexual, violencia extrema con cuchillos para cortar, lacerar, herir, reventar los asientos también. Un día la echaron con la banda, una de las más duras que han pasado por allí: truhanes, ladrones nocturnos, no en silencio sino con violencia; y la droga los excitaba todavía más.

Para una cría úe dieciséis años, fue la revelación fulminante del ambiente de los duros; la vida no es un camino de rosas, hay un padre, una madre y unos hermanos a quienes se quiere, pero, una vez despertada su curiosidad, quiso seguir más lejos.

Frecuentó primero a unos muchachos muy agradables que tomaban hachís, fumaban marihuana, llegaban quizás hasta el ácido. Pero... Era guapa, provocativa, tenía unos magníficos pechos, unas hermosas caderas. Pronto se convirtió en la única chica de la banda, su mascota, con la caradura de un muchacho. Como una bola de nieve.

En un momento difícil, por falta de droga, la metimos en el hospital. Fue fulgurante. Muy corto también: una semana. Se le hicieron reconocimientos para saber si tenía problemas ginecológicos, que resultaron mínimos. La tranquilizamos.

Una noche entramos en su habitación. A pesar de los calmantes, daba comienzo una pequeña crisis: «¿Qué demonios hacéis aquí? Tengo dieciséis años, quiero vivir mi vida, quiero vivir, quiero trabajar, puedo hacer lo que me dé la gana, ¿qué hago aquí metida? El médico me ha dado la pildora». Por otra parte, se sentía muy orgullosa de esa circunstancia.

Quería su libertad, la de usar su cuerpo como quisiera, pero esperaba de nosotros otra reacción. Su provocación fracasó, la conozco demasiado bien. Sí, tenía la cajita de las pildoras sobre la que había escrito: «Ahora ya no me poseeréis más. Con mi cuerpo podré ir hasta el final». Y lo repetía sin cesar. «Iré hasta el final. Y me largaré. Hago lo que quiero, es mi cuerpo, ahora soy libre, ya no podéis hacer nada. Es mío, mío.» Era suicida, pero ella no podía presentirlo. Si me hubiese pedido la pildora, yo se la hubiese proporcionado. No era más que un indicio. Lo que se llama «libertad», la tiene. Pero lo que ella quiere es otra cosa, es arremeter con la pildora, es desafiar. En realidad, quiere robo, violencia, droga.

Tomamos la decisión de llevarla al campo a pasar las Navidades y, así, ganar tiempo.

Está muy cerca de sus hermanos mayores, a pesar de los siete años de diferencia, a excepción de una hermana verdaderamente marginal, pero no drogadicta. Los cuatro han marcado su infancia, quemado su juventud. Estábamos su padre, su hermano, una hermana y yo, lo más apartados posible. No obstante, notábamos una tensión entre todos nosotros. Couka era muy agresiva, muy difícil. Se creía más mayor, pero intentaba todavía encontrarse a sí misma; necesitaba dominar, conocer, seducir; le gustan las personas mayores, sabe hablarles; incluso con ellas, tiene la necesidad de gustar.

Su corazón es inmenso, pero rara vez he encontrado uno con tanta dureza. En el fondo, la ha salvado en parte. Daba sin exigir recibir. Más tarde quiso recibir, sin dar otra cosa que su cuerpo, utilizando su lado pérfido para la droga. Su perfidia era quizás una forma de desafío maligno, un mal en la piel. Era astucia, por lo tanto inteligencia. Nunca hubo avaricia, sino vicio. Lo utilizó ampliamente, manipulándolo como una posibilidad suplementaria de acción. Era un aspecto de su destrucción y de su necesidad de dominación.

Entonces decidimos dejarla marchar, puesto que no podía aguantar más en casa; ya no asistía a clase, quería escaparse y vivir su vida. La sacamos del colegio de monjas, donde no soportaba el uniforme ni a sus compañeras, para meterla en un colegio mixto, pues, evidentemente, necesitaba estar con muchachos. Era cerca de Saint-Lazare, un «sitio muy bueno», parece ser; a pesar de ello, siguió con sus escapadas cotidianas. Abandono de los estudios, entrada en el hospital, regreso rápido a casa, todo ello en muy poco tiempo.

¡Era horrible! ¡Era horrible! Las noches enteras pasadas en blanco cuando no regresaba, la sonrisa de alivio que intentábamos esconder a su regreso. Era un sufrimiento constante. Ya no existían esas palabras que he conservado de su infancia, un signo de ternura junto a su cama, cuando todavía estaba bastante bien, pero quería ya vivir su vida. «Tengo que salir del contexto familiar, por eso soy mala, agresiva, violenta: me asqueáis, sois unos imbéciles, os quiero pero sois unos imbéciles. Quiero vivir mi vida.»

Después de esos días pasados en el campo, fue a vivir a casa de una de sus hermanas, de más edad pero incapaz de una responsabilidad. Couka la quería, pero la dominaba. ¿Por qué haber escogido esta hermana marginal, estilo ama de casa del siglo pasado? ¿Porque estudia, porque es la mayor y vive en un pequeño apartamento? ¿Era una buena solución? ¿Una mala? No lo sé, pero aconsejo que los hijos vayan hasta el final y que los padres jamás sean cómplices. Ella viviría su vida, nosotros debíamos ordenar la nuestra para nuestro hijo, que se estaba reponiendo de una depresión nerviosa; él no podía más, nosotros no podíamos más. No era más que una prueba de uno o dos meses. No disponía de la llave, pero la puerta permanecía siempre abierta: incluso para cuando estaba drogada. No se lo habíamos dicho, pero habíamos decidido que sólo recibiría el dinero necesario para vivir con su hermana. Puesto que quería mostrar de lo que era capaz, que lo hiciese. Puesto que quería trabajar, que trabajase, que ganase su dinero, y sólo le pasaríamos la cantidad fija indispensable para una menor. No valía la pena pelearnos durante semanas y semanas, gritar de dolor en el interior, ponerse enfermo, volverse loco. Probemos.

Yo estaba contra el hecho de que se fuese.

Pero John, mi marido, se mostró inflexible: «Ya no puedo soportarlo, no duermo ni siquiera con somníferos, me voy a volver neurasténico. No puedo seguir viviendo así, la angustia y el miedo me vacían por dentro. Dejémosla ir con su hermana. Ya veremos».

Se trasladó en enero, manteniendo, sin embargo, un contacto con la familia bastante constante: una o dos veces por semana, por lo menos.

—¿Puedo ir mañana?

—Por supuesto, ven.

—¿Puedo ir el próximo lunes?

—¡Claro! ¿Cómo estás?

—He encontrado un trabajo en una tienda de antigüedades, voy a veces al mercado de las pulgas. —Estupendo.

Llegaba a casa, charlábamos como si no pasase nada. Todavía era posible, porque así lo queríamos todos y porque todavía no estaba más que un poco afectada. Fanfarroneaba. Intentaba arreglárselas por sí misma. ¡Oh, sí!, pero ya era prisionera de su verdugo: la droga. Trabajar quince días, ganar poco; eso no bastaba, puesto que se pinchaba. No lo dijo inmediatamente, sino con ocasión de una de sus visitas, una noche en que su hermano, a quien ella quiere mucho, no estaba allí; respeta sus reacciones y él tiene cierta influencia sobre ella.

—Me he pinchado.

—¿Dónde?

—Con los árabes, que tienen unas agujas sucias y que son ellos mismos asquerosos.

¿Qué cosa mejor para provocarnos?

—¿Cómo fue?

—¡Bah, no estuvo mal!

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