Debo retroceder...

Debo retroceder en el tiempo para situar mejor la historia de Nathalie, la mía, la de su padre. Cuando llegaron las dos niñas, vivíamos en un piso de cinco habitaciones donde Roland recibía a sus clientes. Me quedé embarazada por accidente. Hubo que pensar en un cambio de piso. Mientras tanto, enviamos a Chantal a un colegio estupendo donde yo había sido muy feliz. Pero quedaba Marie, con quien la cosa era cada vez más difícil. Me daba la impresión de que iba a comerme. No soportaba que me llamase mamá. Cogí manía a esa chiquilla. Angustias, Valium y revalium. Me estaba volviendo loca. En lugar de hablar con claridad, nos fuimos sumergiendo en mentiras espantosas. Para acabarlo de arreglar, mi familia política me ponía por las nubes: «¡Es maravillosa ¡La madre ideal! ¡Lo que ha hecho por estas niñas!»

Nos trasladamos a la Défense, a ese lugar totalmente extraño, loco. Sin referencias, alejado de todo y de todos, una ruptura dramática. Perdí la seguridad. Resultado: una depresión extraordinaria; sólo permanecimos allí tres meses, pero antes volví a quedarme embarazada.

Volvimos a París, a un piso de siete habitaciones para todos. Siete habitaciones asquerosas; embarazada... Nació mi última hija, ni deseada por mí ni por mi familia política. Mal recibida, es hoy la preferida de su padre.

Hablo a menudo de mis dos pares de hijos, con seis años de intervalo, se podría casi hablar de dos padres diferentes. Para los primeros, yo estaba en la imagen ideal de la pareja que hay que salvar a toda costa; a los otros los parí sin ilusión. Los primeros llevaron mi nombre, el de mi padre...

Después del último parto, lloré durante tres meses, lo que se dice llorar sin parar.

No trabajaba fuera de casa, seis niños, las visitas de mi marido, abrir la puerta...

Al vivir en un ambiente de analistas y con uno de ellos, durante seis años me había negado a ser psico-analizada. Pero luego comprendí que o eso o reventar. Estuve yendo durante un año a ver a una mujer y ocurrió algo extraordinario que viví como una liberación. Un día me dije: «Tú no te has casado con Chantal y con Marie, sino con su padre. Cuando nos conocimos, nunca se habló de que estas dos niñas entrasen en tu vida. Sí, de acuerdo, uno se casa para lo bueno y para lo malo, pero uno ignora de lo que es capaz. Compruebas que no aguantas más y que estás haciendo desgraciado a todo el mundo». Me decidí a hablar.

—Lo siento, pero no hay ninguna razón para que tus hijas soporten las consecuencias de mis «fantasmas» (es así como él lo llamaba). No soy su madre, he intentado ser una buena madrastra, pero no puedo, se ha acabado. No quiero que vivan conmigo. (En aquella época había llegado a agachar la cabeza para no mirar a la mayor y a esconderme en mi habitación cuando ella estaba en casa.)

Era terrible pero, sin embargo, ¡ qué liberación! Radical. Capital. No digo que fuese fácil para mí. No digo que mi decisión hiciese feliz a Roland, pero se resistió demasiado a entenderme, no decía más que: «Ve a hablar con otros, ponte en tratamiento». Mi decisión fue tomada de forma dramática por toda mi familia política, por las personas que no comprendían: «¡Se ha vuelto loca!»

Yo estaba tranquila, interiormente en paz, segura de tener razón. Por primera vez, sentía que vivía sin estar bajo la mirada de los demás. Me importaban un bledo los epítetos de «egoísta», «chalada». Me siguen importando poco, me hubiese gustado que fuese diferente, pero...

Para Nathalie tuvo una consecuencia directa: se culpabilizó por segunda vez; ella tenía once años, sus hermanastras quince y trece y medio.

No era fácil; expliqué a Nathalie: «No es culpa de las muchachas, pero no puedo pasar por lo que no soy; no puedo querer a quien no quiero y ver cómo todo se va deteriorando».

Dos años más tarde, me enteré de que Nathalie se drogaba. Ahí se perfila otra historia, pero, para mí, sus problemas, su droga, datan de la «historia» de su padre y de su madre desde su nacimiento. Hasta ahora he contado hechos, pero es ahora cuando empieza el drama.

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