Couka

Sabíamos perfectamente que robaban los dos: farmacias sobre todo, muchos pisos, pues la madre del muchacho era portera y tenían más o menos acceso a ellos: una llave..., no era difícil.

Pero no era su campo. Couka estaba especializada en los escaparates, las pequeñas cosas y las farmacias, tan vitales porque era necesario compensar su falta de droga. Necesitaba medicamentos. Nunca tenía suficiente dinero para la heroína, la cocaína, ni recetas para calmantes. Yo conservo soberbias recetas falsas; Andró era un gran especialista en ello. En ocasiones el farmacéutico dudaba en darles ciertos productos y, sobre todo, gran cantidad de jeringuillas. Imaginen un grupo de dos o tres personas que se pinchan por lo menos cuatro veces al día; necesitarán, como mínimo, dieciséis jeringuillas. Inútil decir cuántas veces utilizaban cada una.

Couka había escogido a un médico de unos amigos nuestros, del que había fabricado el membrete. La escritura era extraordinaria y había copiado maravillosamente la firma. En ocasiones, algunos farmacéuticos dudaban: telefoneaban desde la trastienda; los muchachos, asustados, echaban a correr. Pero, en una ocasión, André sacó un cuchillo porque iban a detenerlos; huyeron como alma que lleva el diablo...

Éste no es más que uno de tantos incidentes, por supuesto; hubo todo tipo de robos de noche, pero existe una forma de arreglo con los pequeños farmacéuticos, como si todo este mundo hiciese una especie de tráfico de medicamentos, pues los drogadictos suelen tener dinero y pueden revender a buen precio lo que les sobra.

Su conocimiento sobre ciertos medicamentos es extraordinario. Tengo un libro en casa, me lo he leído de arriba abajo. Es sobre el uso de los medicamentos, para los médicos; hay todo un repertorio, los efectos que producen, las dosis necesarias, las contraindicaciones. Es, en realidad, como libro de bolsillo, el que utilizan los médicos en su consulta. Cuando Couka tomaba medicamentos y se drogaba, no probaba una sola gota de alcohol. ¡Ella, a quien tanto le gustaba una copa de champagne, un vaso de vino blanco o tinto en una noche de fiesta! Pero, con la droga, hace un efecto terrible, incluso al principio de la crisis. Que este libro les haga estar bien enterados, que les enseñe a tomar ciertas precauciones, está bien, pero es peligroso; para mí, la venta controlada de las jeringas no es un hecho; si es necesario, se pincharán diez veces seguidas con la misma aguja, nadie se lo impedirá y ello es el origen de muchas hepatitis virales. Según el estado de sus brazos, no pueden utilizar las mismas agujas, está la famosa bola.

Generalmente, permanecía en casa tres cuartos de hora, una hora. Ese día vi cómo daba comienzo la crisis: se levantó, vino hacia mí. ¡Era horrible! Acercó sus manos abiertas y crispadas a mi cuello. Yo veía la crisis, la violencia, ese pulpo que la habitaba, que empezaba a atenazarla. Me trató de todo: puta, cerda... Todas las palabras que se puedan imaginar. Para ella, era una verdadera basura. No era nada grave, pero estaban sus manos que me asustaban y esos ojos dilatados. ¡ Es espantoso ver a tu propia hija con esa mirada! Intenté entonces mirarla fijamente, sin decir nada, y sus manos, tan cerca de mi cuello, se alejaron. Estaba furiosa contra ella, yo, temblorosa, horrorizada. Un portazo, se había marchado.

Era una forma de violencia que comprendí en aquel momento; no grité, no utilicé nunca palabras fuertes contra ella. Hubiese podido levantar la voz, aunque sólo hubiese sido para desahogarme. En seis meses, dos con su hermana, dos de vagabundeo, Ams-terdam y otros lugares, y los demás con André y otros amigos en míseras habitaciones, sucias y desangeladas, pero de donde Ies echaban a causa del ruido que hacían por la noche.

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