Couka telefonea.

—No estoy bien, creo que voy a abortar. No me encuentro bien. Todavía tengo problemas ginecológicos.

—Dame dos días para preparar tu ingreso en el hospital.

La droga lo deteriora todo, interior y exterior-mente, pero cuando, además, una muchacha se acuesta con uno y con otro... los problemas pueden ser más bien desagradables en este aspecto... Ella volvió y John y yo la llevamos al hospital con un camisón limpio, lo que era ridículo; cuando hacía meses que dormía desnuda o completamente vestida.

Su hígado no estaba bien y además...

Allí le hablaron cómo lo hacen en los hospitales, no como en un centro de destete. Le preguntaron si estaba de acuerdo en hacerse desintoxicar, que ello se llevaría a cabo en otro lugar y que duraría de quince a veinte días.

—Están locos, no vale la pena que insistan. No quiero. No quiero.

Los médicos querían que se quedase para hacerle análisis. Su amigo André fue a verla una o dos veces, la tranquilizó, pero, con ocasión de una de nuestras visitas, ella ya no estaba allí. Habíamos escondido sus zuecos y su ropa, pero los encontró y se escapó mientras comían las enfermeras. La vieron, pero demasiado tarde para alcanzarla. Regresó a pie a su madriguera, tan cerca de nuestra casa.

Todo empezó de nuevo.

No vivíamos; esperábamos, porque, lógicamente, algo iba a suceder. Nos despertábamos sobresaltados varias veces durante la noche. John tomaba pastillas para dormir, yo dormitaba, soñaba despierta, pero también tenía pesadillas y me despertaba bañada en sudor, con la sensación de tener los brazos llenos de pinchazos. Los miraba, estaban limpios. Estaba drogada, sobre todo por la noche. Si mis brazos no estaban drogados, mi cabeza sí lo estaba y mi cuerpo ¡me parecía tan pesado! Me había convertido en ella. No conocía ni sus días ni sus noches, los inventaba. Como soy muy intuitiva, presentía, sabía; sabía asimismo que todavía había que esperar.

No comíamos. No dormíamos a causa de nuestra impotencia. Pero la presencia de nuestro hijo fue un gran bien para nosotros. Estuvo fabuloso durante esta época, nos decía: «Tranquilizaos, os vais a volver locos». Nuestra otra hija, casada y en Suiza, nos telefoneaba a menudo para consolarnos. No comprendía el problema de la droga, pero sabía que sufríamos. ¡Ya está bien la ayuda de dos hijos! La hermana en cuya casa Couka vivió dos meses, nada. No. Era demasiado duro para ella ayudarnos, pero no le pedíamos tanto. En cuanto a la quinta, tiene su vida personal en la que no nos mezclamos. El sufrimiento de los padres no siempre puede ser asimilado por los hijos, es muy difícil, no comprenden; ya sea padre o madre, les molesta o tienen miedo. Para los amigos es lo mismo, en cuanto afecta a «su» interior o les hace pensar; tienen miedo, todavía más si está relacionado con la droga: poder del egoísmo. Teníamos muy buenos amigos, pero algunos no conocían nuestro problema y no lo comprendían. La dulce presencia de una hermana de mi madre, bien al teléfono, bien en casa, nos aliviaba mucho. Nadie podía hacer nada. Nadie arrojó piedras sobre nuestro tejado. Todos pensaban también que había que esperar; ni siquiera hubo críticas: no le habíamos dado dinero, ella, muy orgu-llosa, ya no nos lo pedía; no la habíamos echado, ella se había marchado. Siempre hay alguna mala lengua que dice: «Hubiesen podido, hubiesen podido...» Pero éstas, que vayan a otro lugar con su maldad. Quizás ellos también tienen una pena que desahogan con los demás.

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